El pescador, el pan, y el pan pescado.

¿Te gusta comer la punta del pan antes de llegar a casa? A mí también. Aunque en esta ocasión se me fue de las pezuñas.

Era verano, y mi madre adoptiva y yo nos acercamos a visitar a una amiga suya que tiene un chaletito en la costa. Hacía un magnífico día para dar un paseo por la playa. Y para correr, revolcarse por la arena y remojarse las patas en el agua, también.

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Buscando cangrejos

Nuestra excursión nos llevó hasta una zona rocosa, salpicada por las olas. Mi mami y su amiga improvisaron una aburrida sesión de posado fotográfico, así que me escabullí entre las rocas y dejé que el olfato me guiara. Levantando la trompa hacia el cielo, cerré los ojos y mis orejas cayeron hacia atrás. Mil olores marinos se colaron por mis fosas nasales: arena, sal, gaviotas, cangrejos, pan al horno…¿pan? Ya encontré un rastro que investigar.

Una intensiva búsqueda me llevó hasta una escondida calita, y allí, sobresaliendo de una cesta y custodiado por un pescador solitario, se refugiaba mi querido panecillo. Tracé rápidamente un plan, que consistía en ir hasta el él, cogerlo con el morro y llevármelo. Me acerqué sigilosamente por detrás, y agarrándolo por la puntita comencé a tirar para liberarlo de su jaula cuando de repente, – ¡Eh ,tú! . Desde dentro de la cesta una lombriz pedía socorro. -¡Sácame de aquí, perrita bonita!, ¡llévame contigo y nos pegamos un buen almuerzo!. ¿Queeé? ¿Cómo? ¡Por las orejas de Snoppy! ¿Un beagle compartiendo comida? Amenazó con delatarme si no accedía a sus demandas…grrrrr, ¡lombriz traicionera! Tenía que actuar rápidamente, en cualquier momento el pescador alargaría la mano y….adiós pan, si te he olido no me acuerdo. Decidí continuar con lo planeado: agarré firmemente la barra y salí corriendo sin mirar atrás.

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Hurtar no es robar

Llegué a tiempo para ver finalizar la sesión de fotos desde un pequeño risco, mientras engullía el magnífico pan casero desde una punta hasta la otra. En mitad del banquete y de una inspirada fotografía, interrumpió bruscamente el pescador, haciendo aspavientos y señalándome con el dedo. La cosa se ponía fea. Mi mami se fue y al poco regresó con una nueva barra de pan, que le regaló al pescador sin obligarle a sentarse ni nada. Como te lo cuento. Comenzaron a llamarme a voces y como no hacía caso, intentaron atraerme al siempre sospechoso grito de: ¡tomaaaa…miraaa… tomaaa! Me esperaba regañina y correa.

Podréis pensar que era una perrita desobediente, ladrona y comilona. Pero pienso yo, que ya me podían haber regalado a mí esa barra de pan desde un principio, y ya de paso meterle un par de salchichas, ¿no creéis?. Nos hubiésemos evitado algún que otro disgusto, aunque por otro lado, no existiría la historia de aquel pescador, al que una perrita llamada Duna le pescó el pan.

FIN

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